De qué depende tu éxito al emprender

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Cuando vemos un negocio que funciona es muy fácil fijarnos únicamente en el resultado. Vemos una marca consolidada, clientes, visibilidad, una web cuidada, publicaciones en redes sociales, colaboraciones, proyectos interesantes o una persona que parece vivir cómodamente de aquello que un día decidió crear. Lo que normalmente no vemos es todo lo que ha ocurrido antes para llegar hasta ahí.

Y precisamente por eso me sigue gustando la metáfora del iceberg.

La teoría del iceberg de Hemingway

Ernest Hemingway utilizó la llamada teoría del iceberg, también conocida como teoría de la omisión, para explicar su forma de escribir. La idea era sencilla: el escritor debía conocer mucho más de la historia de lo que finalmente mostraba al lector. Una parte permanecía visible y otra, mucho mayor, quedaba implícita bajo la superficie.

Aunque Hemingway hablaba de literatura y no de emprendimiento, la imagen del iceberg funciona muy bien como metáfora cuando observamos desde fuera el éxito de otras personas. Vemos una pequeña parte del resultado, pero desconocemos gran parte del proceso que lo ha hecho posible.

Eso mismo ocurre físicamente con un iceberg: la mayor parte permanece sumergida. Y con un negocio sucede algo parecido. Lo visible puede ser el resultado final, pero debajo hay decisiones, pruebas, errores, cambios, aprendizaje y mucho trabajo que rara vez aparece en una fotografía de Instagram o en una historia de éxito.

Vemos el resultado, pero no conocemos toda la historia

Cuando observamos a alguien a quien le va bien tendemos a completar la información que nos falta. Es algo bastante normal: conocemos una parte de su historia y construimos el resto con lo que tenemos delante.

Podemos pensar que encontró una idea brillante, que tuvo suerte, que supo perfectamente lo que hacía desde el principio o incluso que posee alguna cualidad especial que nosotros no tenemos. Sin embargo, normalmente desconocemos cuántas veces cambió de dirección, cuánto tardó en conseguir sus primeros clientes, cuánto dinero invirtió, qué errores cometió, qué conocimientos tuvo que adquirir o cuántas cosas probó antes de encontrar una fórmula que funcionara.

Tampoco sabemos si tuvo ayuda, contactos, experiencia previa, estabilidad económica, una red de apoyo o simplemente circunstancias diferentes a las nuestras. Por eso comparar nuestro punto de partida con la parte visible del negocio de otra persona casi nunca es una comparación justa.

De qué depende tu éxito como emprendedor

¿De qué depende realmente el éxito al emprender?

No existe una única respuesta y, desde luego, no depende exclusivamente de trabajar mucho o de tener una actitud positiva. El esfuerzo importa, pero un negocio necesita algo más que esfuerzo para ser viable.

Tiene que existir una propuesta que responda a una necesidad real, un público dispuesto a pagar por ella y una manera de llegar hasta esas personas. Hay que acertar con el posicionamiento, los precios, los costes y la comunicación, además de gestionar correctamente los recursos disponibles. También influyen la experiencia, la capacidad para adaptarse, el contexto económico, la competencia, el momento en el que se lanza un producto o servicio y, por supuesto, factores que no podemos controlar completamente.

Emprender consiste, en buena medida, en tomar decisiones con información incompleta. Algunas serán buenas y otras no. La diferencia suele estar en la capacidad para detectar qué está funcionando, qué no lo está haciendo y cambiar antes de seguir invirtiendo tiempo y dinero en la dirección equivocada.

Por eso creo que sería un error convertir la constancia en una especie de receta universal. Ser persistente no significa insistir indefinidamente en algo que no funciona. A veces la mejor decisión es perseverar y otras veces es modificar el servicio, cambiar el público, ajustar el precio o abandonar una idea para probar otra.

Lo que normalmente queda debajo del agua

Si trasladáramos un negocio a nuestro iceberg, en la parte visible podríamos colocar los clientes, la facturación, los proyectos terminados, los reconocimientos, la comunidad que hemos conseguido crear o cualquier otro resultado que pueda observarse desde fuera.

Debajo quedarían muchas cosas menos atractivas para enseñar: las horas dedicadas a aprender, los presupuestos que nunca fueron aceptados, las decisiones equivocadas, los clientes que no llegaron, los meses mejores y peores, las tareas administrativas, las inversiones que tardaron en recuperarse, los cambios de estrategia, las dudas y todo aquello que tuvimos que aprender porque sencillamente no sabíamos hacerlo cuando empezamos.

También estarían las decisiones pequeñas que, acumuladas durante años, pueden terminar teniendo mucho más peso que un gran acierto puntual. Mejorar un proceso, aprender a presupuestar correctamente, entender qué tipo de cliente interesa, dejar de ofrecer un servicio poco rentable, especializarse, mejorar la experiencia del cliente o aprender a decir que no son cambios poco espectaculares, pero pueden transformar un negocio.

Emprender también consiste en aprender a equivocarse

Una de las partes menos agradables de trabajar por cuenta propia es asumir que vamos a equivocarnos. Podemos analizar, investigar y prepararnos todo lo posible, pero nunca tendremos toda la información antes de tomar una decisión.

El problema no está tanto en cometer un error como en no querer reconocerlo. Si algo no funciona, necesitamos saber por qué. Quizá hayamos elegido mal el público, el precio no cubra realmente los costes, nuestra propuesta no se diferencie lo suficiente o el servicio sea bueno pero nadie se esté enterando de que existe.

Un error puede proporcionar información muy valiosa siempre que lo analicemos como tal. Eso no significa glorificar el fracaso ni repetir aquello de que para tener éxito primero hay que fracasar. Hay errores que cuestan dinero, tiempo y oportunidades y que sería mucho mejor evitar. La cuestión es aprender de los que inevitablemente cometeremos y no convertirlos en una conclusión sobre nuestra capacidad para emprender.

Muchas veces una mala experiencia termina convirtiéndose en «yo no sirvo para esto», cuando una conclusión mucho más útil sería preguntarnos qué salió mal y qué haríamos de otra manera la próxima vez.

Teoría del iceberg

Las creencias también pueden influir, pero no lo explican todo

La forma en la que pensamos influye en nuestras decisiones. Si estamos convencidos de que no somos capaces de vender, de que nadie va a pagar nuestros precios o de que todavía no sabemos suficiente para ofrecer nuestros servicios, es posible que acabemos evitando precisamente las acciones que nos permitirían comprobar si esas ideas son ciertas.

Por eso merece la pena revisar de vez en cuando esas conclusiones que damos por hechas. No para convencernos de que todo saldrá bien, sino para distinguir entre un riesgo real y algo que simplemente estamos anticipando. Sobre este tema profundizo en Creencias limitantes al emprender: cómo reconocerlas y dejar de frenarte.

Pero tampoco podemos atribuir el resultado de un negocio únicamente a nuestra mentalidad. Puedes tener confianza, disciplina y una enorme capacidad de trabajo y, aun así, equivocarte con el modelo de negocio. Del mismo modo, sentir dudas no te impide necesariamente tomar buenas decisiones.

El éxito tampoco significa lo mismo para todo el mundo

Quizá esta sea una de las cuestiones que deberíamos plantearnos antes de intentar construir nuestro propio iceberg: qué significa para nosotros que un negocio tenga éxito.

Para una persona puede significar crear una empresa y contratar un equipo. Para otra, trabajar sola y conseguir unos ingresos que le permitan vivir bien. Alguien puede querer crecer todo lo posible mientras otra persona prefiera mantener una cartera pequeña de clientes, disponer de tiempo libre y tener control sobre su agenda.

No existe ninguna obligación de convertir todos los negocios en grandes empresas. Crecer tampoco es siempre sinónimo de mejorar. Si para aumentar la facturación tienes que multiplicar los costes, las responsabilidades y las horas de trabajo, quizá ese crecimiento no sea el que buscas.

Definir nuestro propio concepto de éxito evita que terminemos persiguiendo el iceberg de otra persona.

Construye el tuyo, pero sin compararlo con la parte visible de los demás

Emprender puede ser tremendamente gratificante, pero también implica incertidumbre, responsabilidad y bastante trabajo que nadie ve. Habrá decisiones acertadas y equivocadas, épocas mejores y peores y momentos en los que tendremos que cambiar aquello que pensábamos que iba a funcionar.

Por eso, cuando veas a alguien cuyo negocio parece haber alcanzado el lugar al que tú quieres llegar, recuerda que estás viendo únicamente una parte de su historia. Puedes observarla, aprender de ella e incluso utilizarla como inspiración, pero no sabes todo lo que hay debajo de la superficie.

Y quizá esa sea una forma mucho más útil de entender el éxito al emprender: no como el resultado de una cualidad especial que algunas personas tienen y otras no, sino como el resultado de muchas decisiones, aprendizaje, adaptación, circunstancias y trabajo acumulados a lo largo del tiempo.

Lo visible es solo una parte del iceberg. Y casi siempre, la historia más interesante es precisamente la que queda debajo del agua.

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